Hoy ya no quise despertar, y mi corazón se cerró.
Ayer lo tenía abierto y hoy está cerrado,
protegido como un niño dentro del vientre de su madre.
El miedo se va y vuelve.
Recordándome que no soy eterna
y que un día moriré,
el reloj suena en mi cabeza todos los días
como un recordatorio de que estoy más cerca del final.
Pero incluso en los días en que no quiero abrir los ojos,
algo respira por mí.
Un hilo tibio me sostiene desde lo invisible.
Quizá solo necesito sentir el presente
y dejar que la luz entre por la ventana,
que mi consciencia de la muerte
no sea para atormentarme,
sino para consolarme:
el consuelo de estar viva
y poder sentir plenamente
el amor y el desprecio diarios,
el miedo y la valentía,
el suplicio y la fuerza.
Porque estar viva también es eso:
saborear la contradicción
Saber que nada es para siempre
y que, precisamente por eso,
todo importa.

Comentarios
Publicar un comentario