Nada tiene sentido, flotamos en el universo como diminutos pasajeros de un planeta. Existimos y en realidad al mundo no le interesamos, no le interesa nuestras reflexiones, el corazón roto, el dolor, la alegría que sentimos, somos intrascendentes. Y lejos de ser trágico solo refleja lo absurdo de existir. Vivimos fluyendo en un ritmo mecánico, siguiendo patrones heredados o autoimpuestos; la rutina de despertar, comer, trabajar y sonreír por pura inercia. Aceptamos que el día anochece así nuestro animo se resista, el tiempo sigue su curso aunque uno siga atorado en recuerdos. La vida avanza, sin detenerse querramos o no movernos con ella. Lo que anhelamos no siempre sale bien y lo injusto no necesariamente importa. Sin embargo continuamos existiendo porque nos resistimos a no tener un sentido, a la ausencia de significado. Porque es humano querer interpretar la vida y darle forma. Y en lugar de que el absurdo sea desesperanzador quizás tiene más coherencia vivir así, ...