Nada tiene sentido, flotamos en el universo como diminutos pasajeros de un planeta. Existimos y en realidad al mundo no le interesamos, no le interesa nuestras reflexiones, el corazón roto, el dolor, la alegría que sentimos, somos intrascendentes. Y lejos de ser trágico solo refleja lo absurdo de existir. Vivimos fluyendo en un ritmo mecánico, siguiendo patrones heredados o autoimpuestos; la rutina de despertar, comer, trabajar y sonreír por pura inercia. Aceptamos que el día anochece así nuestro animo se resista, el tiempo sigue su curso aunque uno siga atorado en recuerdos. La vida avanza, sin detenerse querramos o no movernos con ella. Lo que anhelamos no siempre sale bien y lo injusto no necesariamente importa. Sin embargo continuamos existiendo porque nos resistimos a no tener un sentido, a la ausencia de significado. Porque es humano querer interpretar la vida y darle forma. Y en lugar de que el absurdo sea desesperanzador quizás tiene más coherencia vivir así, ...
Hoy ya no quise despertar, y mi corazón se cerró. Ayer lo tenía abierto y hoy está cerrado, protegido como un niño dentro del vientre de su madre. El miedo se va y vuelve. Recordándome que no soy eterna y que un día moriré, el reloj suena en mi cabeza todos los días como un recordatorio de que estoy más cerca del final. Pero incluso en los días en que no quiero abrir los ojos, algo respira por mí. Un hilo tibio me sostiene desde lo invisible. Quizá solo necesito sentir el presente y dejar que la luz entre por la ventana, que mi consciencia de la muerte no sea para atormentarme, sino para consolarme: el consuelo de estar viva y poder sentir plenamente el amor y el desprecio diarios, el miedo y la valentía, el suplicio y la fuerza. Porque estar viva también es eso: saborear la contradicción Saber que nada es para siempre y que, precisamente por eso, todo importa.